Lluvia
>> miércoles, 31 de marzo de 2010

Te derramaste sobre mí como lluvia de verano. Caliente.
Yo, me mojé de ti.
Ahora decides llover lejos.
Yo, no sé qué hacer con toda esta primavera.
Lejos de ti.
Blog de una mujer a la que le gustan mucho la mujeres

Te derramaste sobre mí como lluvia de verano. Caliente.
Yo, me mojé de ti.
Ahora decides llover lejos.
Yo, no sé qué hacer con toda esta primavera.
Lejos de ti.

Cerré los ojos.
Tú lo llenabas todo. Tu risa, tu mirada, tus manos, tu cuerpo. Las veces en que siento que me quieres. Todo lo que eres tú para mí. Todo lo que quisimos ser. Todo, era.
Abrí los ojos.
Pareció que todo se rompía. Hace mucho que no oigo tu risa. No es tu palabra, sino tus silencios. No tus manos, sino la ausencia y necesidad de ellas. Y tu mirada, que mira a través de mí.
Ya no era nada.
Entonces, en silencio, cogí mis cosas y me fui.
Sobraba, como tantas cosas, el adiós.

Algunas veces, dejo mi corazón escondido, y salgo yo, al mundo, muñeco sin corazón, buscando no se sabe qué, no se sabe con quién.
El qué tiene que ver, cómo no, con sexo. El quién, tiene que ver, como no podía ser de otra manera, con otras, que no son tú.
La miro, y no eres tú. La beso. No besa como tú. La acaricio, no es la tuya su piel. La hago gozar. No son tus gemidos los que oigo.
Esas veces, todas ellas, no soy capaz de responderme si me salvo, y de qué, o si me pierdo.

Para mí, la infidelidad es la mentira. Y la fidelidad, es un compromiso al que llegan dos personas, en la que ellos mismos definen las reglas.
Evidente? No, no lo creo.
Para mí la fidelidad es la sinceridad. Y el concepto de pareja pasa por mantener tu identidad como persona y tus libertades, todas las que necesites mantener para sentirte bien, incluída la sexual. Así, la otra persona debe aceptar tu libertad igual que tú aceptas la suya. Quizás su libertad esté definida en otros términos. Quizás no sea importante para ella la sexual. Todos somos diferentes. Si queremos a alguien, debemos, por supuesto, respetar su diferencia. Su esencia. Lo que le hace ser quién es.
En el caso específico de la libertad sexual, eso quiere decir que, en algún momento puede pasar que, tú o tu pareja, tengáis una relación sexual con una tercera o terceras personas.
Puede parecer contradictorio, puede parecer que esa forma de entender la pareja está en contra de la pareja misma. Sí puede parecerlo.
Creo que ha llegado el momento de contrastar mi forma de pensar con mi experiencia:
En una encuesta realizada a pie de cama, un buen lugar para sincerarse, he preguntado a todas mis parejas, ya hayan sido sexuales o sentimentales, o ambas cosas, si han sido infieles alguna vez.
Como no era cuestión de marear a la chica con una larga explicación acerca de las acepciones de la fidelidad, lanzaba la pregunta a bocajarro. Porque, la infidelidad está clara, muy clara, es la acepción de fidelidad la que yo discuto.
Asombrosamente, la conversación con todas ellas trascurrió de igual manera:
- Has sido infiel alguna vez?
- Sí, y tú?
- No.
- No te creo.
- Es normal. Supongo que ese es el problema, verdad? Que las personas mienten.
- No te entiendo.
- Desgraciadamente, yo a ti sí.
Y vosotros, queridos fantasmas, qué pensáis?

Algunas personas ven la vida a través de un agujero pequeño.
Esa pequeña vida tiene sólo pequeñas cosas.
Tienen trabajos que nunca les llevarán a ninguna parte. De un pequeño trabajo a otro. Sin profesión definida. Sin profesión decidida. Lo que va saliendo, dicen. Lo que va saliendo porque el único presente es la supervivencia. El único futuro es el siguiente asidero. La siguiente oportunidad de sobrevivir. Y después, la siguiente.
También las personas que entran en su vida son como pequeñas burbujas de aire. Muy pequeñas. Porque el miedo es un compañero cruel. Y, la seguridad, una amante egoísta.
Viven su vida como un invitado, que llega a casa ajena y no se quita siquiera la chaqueta. Si, algún día, tuviera el suficiente valor como para quitársela, de todas formas, no sabría dónde ponerla. Tampoco sabría que hacer de sí mismo una vez sin chaqueta.
Es posible que mueran de vejez y aburrimiento, sin haber sido conscientes, una gran suerte, de su propia infelicidad.

Algunas veces, para no oir mis propias preguntas, hago preguntas a otros, y mis palabras acallan mis pensamientos, que, de todas formas, hablaban más bajo.
De noche, mis pensamientos toman prestada mi voz, y se hacen carne.
Cuando cierro los ojos me gritan directamente a la cara.
Yo me tapo los oídos pero siguen gritando dentro de mí.
Es entonces cuando sé que no podré librarme de ellos.
Es entonces cuando, como una yonki, busco un nuevo cuerpo.
Un cuerpo al que besar y al que oir, mientras intento que, esta vez, el engaño dure algo más.
Y el miedo, algo menos.

Todo empezó un día. Un día, en realidad, sin nada especial, si no fuera porque fue el día en que todo empezó.
Se levantó temprano, se ducho, se vistió y se tomó su café.
Al coger su maletín y el pomo de la puerta de salida, sintió un escalofrío. Una ventana abierta pensó. Es todo.
Abrió la puerta. La vida bullía ahí fuera.
Empezó a sentirse mal. Le faltaba el aire. La calle era mucho más grande que ayer, ¿es posible eso?
Miedo. Todo a su alrededor se había convertido en miedo.
El miedo no le dejaba ver, no le dejaba respirar, no le dejaba hablar. Pensó que el miedo siempre había estado ahí fuera. Una revelación, seguramente había sido una revelación.
Cerró la puerta. Se arrastró hasta el recibidor. Se acurrucó en el suelo. Justo en el rincón. Es parecido a un abrazo, pensó.
Abrió mucho los ojos mientras miraba su propio suelo. No quería cerrarlos. Si los cerraba volvería a ver el espacio abierto y, su miedo. Su miedo era sólido y gigante, como de hormigón. Su miedo le hacía oir los latidos de su corazón y le nublaba la vista, todo se movía a su alrededor y él sentía que ese mundo gigantesco se lo comería entero.
Cuando conoces tus demonios, no te libras de ellos, había leído una vez.
Se quedó en casa. Necesitaba pensar.
A partir de ahora, su miedo y él, lo sabía, compartirían existencia.
A partir de ahora, debería fingir, lo sabía, la mentira de la normalidad.

Le dijo adios.
Al oir su adios, miró sus pies, porque no sintió el suelo.
Los pies que estaban donde estaban los suyos, estaban llenos de polvo, como los suyos, y, como los suyos, se agarraban al suelo para no caer.
Sentía vértigo.
Quiso mirar hacia delante, porque, quizás, fuera el paso siguiente el que le hiciera caer. Quizás solo había presentido el abismo. El abismo, ahora estaba seguro, quedaba un minuto detrás de su adios.
Respiró sintiendo cómo el aire arañaba sus pulmones. Como, seguramente, respiraría un recién nacido su primer aire.
Había demasiada gente. ¿Porqué entonces no oía ruido?. De hecho, se paró a pensar: no oía nada. El último adiós había sonado como una explosión que perfora el tímpano, y no permite oir más allá. Nunca, más allá.
Se sorprendió de que el aire tuviera sabor. No, no es el aire, pensó. Es la sal de mis lágrimas lo que sabe. Por eso no veo.
Esto no es real. Es una escena desenfocada por mis lágrimas, de una mala película, en que la chica se va con otro, y yo me quedo, solo. Solo.
Las gotas de sudor corrían por mi cuerpo.
El sol agobiaba y, al acabar de abrir los ojos, me parecía que la arena se hiciera agua, el agua viento, y el brillo que me envolvía parecía latir en mis sienes, respirando, como con vida propia.
Me sacudí la arena del cuerpo y me prometí a mí misma no volver a dormirme bajo un sol abrasador, no dejarme engañar por un verano que ya no era verano, por un sueño que te atrapa como un súcubo, y te deja extenuada en lugar de descansarte, bebiéndose de tu cuerpo tus fluídos y tu aliento, mientras palpita en tus oídos, la marea.
Nota: Espero que la foto sea de vuestro gusto.

Algunas veces, le tapo la boca con una mano a la vida, no vaya a tener la fatal idea de decirme unas cuantas verdades a la cara y me rompa la burbuja que he hecho yo misma, donde me escondo y me siento segura, con esa seguridad que es mentira. Siempre es mentira la seguridad.
Algunas de esas veces, busco una boca nueva que besar y un cuerpo nuevo que disfrutar, porque lo nuevo ocupa los sentidos, lo suficiente como para no oír, no ver, no sentir. Quizás, lo único que busque sea sentir. Sentir para no sentir.
Algunas veces, esos cuerpos me saben a otros, iguales pero distintos, y unos gemidos se unen a todos, como la canción de un perturbado.
Algunas veces, el placer de lo intrascendente me ocupa y me releva de la responsabilidad de la vida trascendente.

No eres Carlos, porque Carlos olía a yerba, y tú hueles a nostalgia y olvido. Aunque eso fue antes.
Tampoco Julián, que siempre olió a perfume de otra y a promesas que nadie pedía y que nunca cumplió.
No eres Cesar, que siempre estaba sin estar, que me quería sin quererme y me dejó sin dejarme, hasta que yo, principalmente por aburrimiento, lo dejé a él.
No eres Andrea, que era como un pastel. Dulce, como un pastel. Tierna, como un pastel. Atrayente. Y que, inevitablemente, me acabó empachando.
Tampoco ninguno de los que compartieron sus lenguas y sus cuerpos, sus manos y deseos, y apenas me dejaron un recuerdo difuso, como el vaho en el cristal, que limpié con la mano al día siguiente.
No eres ninguno de esos, pero quizás tampoco seas tú, que fuiste juventud y juego, fuiste insinuación, ingenuidad y, a ratos, también vacilación y miedo.
Ahora, te podría llamar imprevisto, te podría llamar romance, devaneo o descabello, aunque también me gusta la palabra proyecto.
Oportunidad, siempre tuviste el don de la oportunidad.
Besos, Javier, espero que te guste.

Era de noche y llovía.
Él piensa que no lo vió nadie. Tiene razón. Yo no soy nadie.
Por la mañana, cuando la niña salió al baño de detrás de casa, volvió gritando y llorando. Yo pensé que habría discutido con su padre. Pero su padre estaba en el salón tomándose el café y no habían tenido tiempo de verse.
Está muerto, gritaba, muerto.
La niña salió a la calle, en pijama, con la cara descompuesta. Gritaba como una loca, y de loca llevaba el pelo y la mirada. Abría las manos queriendo coger el aire y las cerraba queriendo atrapar la vida entre ellas. La vida de él, que se le había escurrido, como pez de río.
Está muerto, gritaba, muerto.
Su vientre hinchado se movía como con vida propia, como si el niño también hubiera visto a su padre y supiera que ya nunca lo conocería.
Yo lo veía todo desde la ventana, porque no me atrevía a salir. Pensé que lo mejor era decir que yo no sabía nada, que no había visto nada. Como toda la vida. Como ha sido mi vida desde que estoy con él.
- No te disgustes, hija, a ver si le va a pasar algo al niño.
Pienso que mi príncipe vería el mundo con sus dos ojos, si esa noche a su padre no se le hubiera escapado la vida, como pez de río.

Siempre supe que mi hija sería una puta. No podía ser de otra manera naciendo de su madre.
Hice lo que pude por ella. Disciplina. Cuando ella salía de casa, allí estaba yo, cerca, vigilante.
Un día le conoció. Yo compraba tabaco, para disimular, en la esquina de enfrente, y vi como el melenas se acercaba a mi hija. Ella tenía 13 años. El melenas le sonrió y yo sé que a la muy puta le gustaba el melenas, porque al darle dos besos le refregó las tetas.
Yo hablé con ella de lo que se debe y no se debe hacer. Ya habíamos tenido algunas conversaciones sobre ese tema. Creo que ella nunca me prestó atención. Tampoco ese día lo hizo. Yo le hablaba y ella me miraba con los ojos muy abiertos, como si me estuviera escuchando, pero yo sé que ella pensaba en follarse al melenas.
Los vi juntos. Estaban dentro del coche de él. Ella se agachó sobre su entrepierna mientras él se fumaba un ducados. Es lo que hacen las putas. Un día su madre intentó hacerme eso mismo y la tuve que apartar de una hostia. Después estuvimos rezando durante horas. Me lo ha dicho una vecina, me dijo llorando, putas. Son unas putas.
Intenté volver a casa y olvidarlo todo. Pero una y otra vez veía a mi hija agacharse sobre él y él sonreir satisfecho, mientras se fumaba su ducados. Sigue, puta, le dijo.
Era muy tarde. Creo que acababa de dejar a mi hija en casa. Tenía el coche aparcado en la parte de atrás. Creo que se le había roto algo, debía ser el carter o algo así, porque chorreaba aceite. El melenas había puesto un gato roñoso debajo del parachoques y lo tenía levantado, mientras él quedaba tendido debajo e intentaba arreglarlo. Estaba encima de un tablón, bastante separado del suelo, porque había llovido y no se querría mojar el muy cerdo. Supongo que estaría contento, contento y relajado, después del trabajo que le había hecho la puta de mi hija.
No me costó nada, una patada al gato roñoso y el coche del melenas cayó sobre él como una maldición, como él había caído sobre mi hija. Como los dos habían caído sobre mí.
Un crujido y un grito apagado fue todo. Nadie me vió porque nadie vive en esa mierda de calle de detrás de mi casa.
El pecado de mi hija tiene forma de niño tuerto. El pecado de mi hija me llama abuelo.
Besos, queridos fantasmas.

Dice mi abuelo que soy el niño de dios.
Yo no entiendo lo que dice, porque, me parece que todos los niños son de dios.
Creo que tiene que ver con que yo no tengo padre.
Mi abuelo dice que mi madre es una niña y que hubiera hecho mejor quedándose en casa y teniendo las piernas cerradas.
Cuando nací, mi ojo derecho estaba vacío.
Dice mi abuelo que dios me hizo diferente para que no olvidáramos. Nunca supe qué era lo que no tenía que olvidar.
Todo el mundo me mira con pena y me hace regalos. A mí me gusta mucho que sean amables conmigo.
Lo que no me gusta es tener un solo ojo por el capricho de dios.
Besos, queridos fantasmas.

El chico ese que me da siempre un bocata cuando paso por su bar es un buen chico. Su jefe no, porque me mira doblado. A mí no me gustan las personas que miran doblado. Algunos días me quedo sin comer porque no voy a ver al chico de los bocatas. Pero es que esos días sé que no puedo salir del escondite que encontré por la noche, porque ellos me buscan. A ellos no los he visto nunca, pero sé que me siguen. Sé que se esconden dentro de la gente normal, por eso no los he visto nunca, y los reconozco porque miran doblado. Sé que quieren matarme. El otro día fui a por el bocata que me da el chico de los bocatas. Él no estaba. Pero yo llevaba dos días sin comer y no me quería mover de la mesa donde se sientan los clientes a desayunar hasta que mi amigo no me diera un bocata. Agustín no está, me dijo su jefe mientras me miraba de doblado. No está, vete vieja, me dijo el jefe malo. Yo esperaba que viniera Agustín. Agustín es un buen chico. Hace dos días que no lo veo. El último día lo vi en el callejón de las ratas, donde algunas veces me quedo a dormir. Creo que venía a verme y me traía una manta. Yo tenía mucho miedo, porque ellos llevaban todo el día intentando matarme. Vi a Agustín que me tapaba, él no sabía que yo lo miraba, pero yo sí que lo miraba porque yo sé mirar con los ojos cerrados. Entonces lo vi. Vi al hombre malo que se había metido dentro de él. Yo lo quiero mucho. No tuve más remedio que librarle de él. He vuelto al bar, porque yo creo que Agustín se habrá levantado, se habrá limpiado la sangre y se habrá venido a trabajar. Porque es muy buen chico y muy trabajador mi amigo Agustín.

- El recuento de leucocitos es normal, estas curado.
El funcionario sonrió porque el médico esperaba que sonriera. El funcionario dio las gracias porque el médico esperaba que las diera. El funcionario se levantó y salió de la consulta, porque, eso tambien, era lo que se esperaba de él.
- Ley de prevención de riesgos laborales. Te suena de algo? A que no? Ya vale con eso de trabajar sin red. Nos puede caer un paquete. A partir de mañana, red, te guste o no.
El equilibrista no discutió, porque no habría servido de nada. El equilibrista no dio las gracias, porque no había nada para agradecer. El equilibrista se levantó y salió del despacho de su jefe, porque ya había oído lo que había venido a oir.
No se valora algo hasta que se pierde. El funcionario llevaba un año perdiendo cosas. El último beso. La última juerga con un amigo. El último regalo de su madre. La última puta.
No se valora algo si no es único. El equilibrista coleccionaba momentos. Un beso, porque sabía que podía ser el último. Una juerga, porque sabía que no existe mañana. Un regalo, porque la vida, cada momento de ella, es un regalo. Una noche de pasión, porque su vida, toda ella, era pasión.
El funcionario y el equilibrista, pensaron que, la vida que se abría ante ellos era demasiado anodina para ser vivida.
Por eso decidieron, ambos, vivir su último momento de pasión. Su despedida.

La niña ana no recuerda cuándo fue la primera vez que lo escuchó. Pero eso era porque, para los niños, el tiempo se cuenta de forma distinta, todos los ayeres son el mismo ayer, y todos los mañanas no existen hasta que se hacen hoy.
- Abre las piernas.
- No, por favor.
- Te digo que las abras.
La niña ana oyó un golpe seco. Y un llanto. El golpe, pensó, sería de la mano de su padre. Ya tenía muy conocido el sonido. El llanto, sería de su madre.
La niña ana oyó más llantos. A veces, un llanto pequeño, como el que le nacía a ella cuando se escondía de su padre. Otras veces, un llanto grande, como el que le nacía a su madre cada vez, después de cada golpe.
La niña ana no sabía porqué su padre quería que su madre abriera las piernas. Tampoco le parecía que fuera cuestión de discusión una simple postura. Pero, eso era porque la niña ana aún tenía mucho que aprender del mundo de los mayores. La niña ana pensaba que había muchas cosas que no deseaba aprender.
La niña ana oyó quejidos de su padre. A cada quejido de su padre, oía un llanto grande de su madre. La niña ana no sabía quién le hacía daño a quién. Pero, eso era porque nadie le había dicho aún que, todos, le hacían daño a ella.
A la niña ana le pareció que venía a su cama un hermoso ángel y le cerraba los ojos con una caricia, con la palma de su mano. Su ángel se acercaba a su oído y le decía que no tuviera miedo. Duerme, decía, pasará.
La niña ana se durmió esa noche acurrucada en las palabras de su ángel.
Todas las noches, la mujer ana, busca un ángel que le ayude a dormir.
El cornudo había decidido no hacer caso.
- A vé si er cupones va a sé má hombre que tú, Martín.
Martín fingía no oir pero la sangre le embotaba la cabeza. Los oídos le silbaban y la saliva se le hacía dificil de tragar.
Hacía una semana justa, había vuelto a su casa, y la encontró vacía.
Ni Mariela ni las niñas.
Nunca pensó que Mariela se fuera. Y menos que se llevara a las niñas. Qué iba a pensar la gente. Pensarían que era un poca sangre. Un cabronazo.
- Tú eres pa mí. No te vayas a pensá que te pués i con otro, so puta. Tú pa mí y pa to lo que yo quiera, que pa eso eres pa mí.
Ella temblaba. A él le gustaba que temblara.
- Tiembla puta. Y que no se te olvíe, er respeto é lo má importante. Er respeto.
Una vez, nada más una vez, ella se atrevió a contestarle. Por eso a ella le faltaba el colmillo derecho. Por eso y por estúpida.
Él era un hombre paciente. Y ponía mucho interés en que se llevaran bien. Pero, es que ella era una inútil. Había tenido la mala suerte de casarse con la mas inutil del barrio. Ni siquiera sabía hacer la comida y mantenerla caliente hasta que él llegara del bar. Él se lo explicaba con buenas palabras. Pero ella no lo entendía, y volvía a hacerlo igual. En esos momentos, él pensaba que necesitaba que se lo explicase de otra manera.
- A vé si asín lo entiendes, inúti. Que ere una inuti. En qué estaría pensando yo ar casarme contigo.
Y ella se había ido.
- Cornuo, está con er cupones, la ví aye ar pasá por er puesto. Dice que é un buen hombre, que pa ella é mejó un medio hombre que un cabrón entero. Porque der cupones, se dice que ni é hombre ni ná, tu ya me entiende. Que lo der accidente se llevó la hombría, y ahora na má vale pa está en su silla y pa vendé cupone. Pero, oye, preguntalé a “tu mujé”, que, lo mismo me he enterao mal, y si es hombre y to.
El cornudo notó cómo se le nublaba la vista. La rabia es roja. O lo es la sangre. Él veía rojo.
Se fue para casa del cupones.
- Mujé, sá, que tengo que darte un recao.
- Yo no tengo na que hablá contigo.
- O sale o me mato aquí mismo.
- A que no hay huevos.
El cornudo sacó la faca y se la clavó en el pecho. A ella. La rabia y la sangre tienen el mismo color, pensó. Y huelen igual.
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