
Mis sábanas, esta mañana, huelen a lavanda, a limon, a limpio y a espera.
Mis sábanas me conocen bien. Alguna vez han olido a miedo. Han conocido el áspero olor de la soledad. También han reído conmigo, porque la risa huele a sol y a esperanza, y han olido a ti que reías conmigo, porque la risa huele mejor compartida.
Olieron a ti, y también a ti, y también a mí, y entonces, al cerrar los ojos, era como si tú, y también tú me murmuráseis en sueños porque la vigilia no da para confidencias, y la noche y la desnudez invitan al arrullo.
Otras veces olieron a sexo, entonces no las mudé, como mandan las buenas costumbres, porque a mí las costumbres que me gustan son las que me conmueven, y nada me conmueve más que oler tu sexo, mezclado con el mío, y revivir el momento en que jugábamos a hacerlos uno.
También olieron a libertad, que suele ser el olor que me abraza, porque me gusta que me acaricie y me haga sentir viva, viva dentro del sueño, viva justo cuando el sueño se hace dueño de mí, y me abandono a él como me abandono a ti, porqué también tus caricias me recuerdan que existo.
Y alargo el momento entre el sueño y la vigilia, para olerte, para olerme, para que poco a poco la realidad vaya quedando lejos, y, solo queden, mis sábanas, su olor, y yo.
Besos, queridos fantasmas.
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