El cristal

>>  lunes, 13 de julio de 2009



Dejó en casa un padre moribundo. Quizás no moribundo, pero sí muy enfermo. Quizás no estaba en casa, pero estaba en su vida. No tan enfermo? Lo suficientemente enfermo para necesitar cuidados. Ahora era un viejo cansado, un viejo que daba pena. Un viejo que no sabía lo que decía. Que, por no poder, no era capaz de ponerse de pie. Ni de recordar qué había comido hacía diez minutos. No digamos ya de matar a palos a alguien. Como era su costumbre. Como ella había crecido. Como, pensaba a ratos, había sobrevivido, que debe ser distinto de vivir, eso que ella hizo.
Se puso su bonito vestido de verano. Sus tacones de aguja. Su conjunto de plata para las grandes ocasiones. Su cara de autosuficiencia. Su mirada de seguridad. La había aprendido con él. Cada vez que él había destrozado su vida, ella había tenido que recomponerla. A trocitos. Como un cristal roto. Estaba tan recompuesto que ya no se podía mirar a través. Pero, eso sólo lo sabía ella.
Y los grandes hombres tomaron decisiones sobre las grandes cuestiones que tenían ese día sobre la mesa. Y ella, como siempre, sólo pensaba en sobrevivir.

Besos, queridos fantasmas.

8 comentarios :

Fidji 13 de julio de 2009, 15:11  

Candela, me gusta como vas construyendo con pequeñas frases las historias.

Un abrazo.

Fidji

Candela 13 de julio de 2009, 15:54  

Gracias Fidji.

A mí me gusta que me dejes tu huella.

Besos.

ZAYADITH HERNÁNDEZ 13 de julio de 2009, 16:07  

gráfica!!!...extraordinaria...mientras te leía pensé en todos los cristales que hay en el suelo de mi corazón...habrá que recomponer ese desastre algún día...
besitos.

Candela 13 de julio de 2009, 18:04  

Gracias Zayi.

Un beso para esos cristales.

Diamonique ,  15 de julio de 2009, 15:19  

Gracias por tu post. Me has hecho pensar y sentir, no podríamos pedir más.

Muchos besos

Candela 16 de julio de 2009, 19:52  

Me alegra verte, Diamonique.

Me halagas. Y me entra una gran curiosidad acerca de qué te he hecho sentir y pensar. Ya me lo contarás.

Besos.

Candela 16 de julio de 2009, 19:53  

La ella del cuento, ya aprendió a pegar los trocitos, aún sin pegamento. Debe ser que las lágrimas pegan ;-)

Besos, esperada.

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Mi mejor regalo, tus palabras.

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