
No era de Sevilla.
Habíamos compartido un café, el de rigor. Un cómo te llamas. Un par de horas de charla mas o menos intrascendente.
- Quieres venirte el viernes? Cena y paseo. Vale?
Me miró profundamente a los ojos.
- Vale.
Era una mujer hermosa. Una mujer hermosa, y un afán inmenso por la discusión. Con lo que me cansa a mí eso. Por suerte para ambas, esa propuesta no suscitó polémica.
En mitad del paseo, nos sentamos a tomar algo al fresco. Charlábamos.
- No me gusta el sabor del sexo de mujer.
- Pues será el de alguna en particular, cada sexo sabe distinto.
- No, de todas.
- Vaya, para no gustarte, has probado a muchas.
- …..
- Pero… si al sexo entre mujeres le quitamos el sexo oral… queda un tanto cojo… Además de que eso significa bastante más, o sea, si yo acabase de besar tu sexo, tú no querrías darme un beso en la boca, verdad?
- Pues no.
A mí esto de las limitaciones sexuales me resulta un tanto incómodo. Se quedó a esa noche. Yo, ya sabía que ella no haría sexo oral. Eso no cambió, en esencia, mi forma de hacer sexo. Para mí es muy importante y agradable el sexo oral. Tanto hacerlo como recibirlo. A ella, no se lo pedí. Y, bueno, antes de hacer o proponer algo, en lugar de pensar en qué me apetecía o qué le podría gustar (como suele ser mi forma normal de relacionarme sexualmente), pensaba en qué no le iba a gustar. Sí, me resultó bastante incómodo. No me sentí libre.
Aunque, siendo sincera, me hizo algo que no me habían hecho antes, y, realmente, me encantó. Yo me había rapado la cabeza. La llevaba al 2 y teñida de rubio platino. Con el moreno de playa el contraste resultaba bastante exótico. A mí me gustaba, a ella también.
Se pasó toda la noche acariciándome la cabeza.
Un verdadero placer. Mucho mejor que el sexo con ella. Ciertamente.
Read more...