Letras en el Sahara, nace en la red y desemboca en el desierto

Momentos contigo

>>  viernes, 15 de enero de 2010


No.
No te separes de mí.
Que este momento sea largo. Muy largo.
Que no haya más. Nada más. Nadie más.
Que no necesite palabras. Que no necesite, siquiera, silencios.
Que la monotonía no alcance a tocar este momento.
Perfecto.
Como sólo pueden ser los momentos que no son verdad.
O los momentos, contigo.

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La casualidad

>>  miércoles, 13 de enero de 2010


- Lo mío con las mujeres comenzó un día, con una amiga, de forma casual.
- Querrás decir que no fuiste tú quien lo buscaste.
- Eso es casual, no?
- No. Casual es contagiarse de la gripe o que te salga un grano. También es pillar una falda de cuero superbarata e ideal en las rebajas, pero, en fin, no nos desviemos.
- Entonces no crees que pudiera ser fortuito?.
- Pues no. Si no lo provocaste tú, lo provocó ella. O, si no, las dos. Las cosas no pasan, las hacemos pasar.
- Estás segura?
- Verás, yo soy de las que provoca que las cosas pasen. Posiblemente, tú seas de las que prefiere dejarse llevar.
- .
- .
- .
- .
- mmmm. Interesante.


Personalmente, creo que le interesaban más mis tetas que mis palabras. Pero… quién sabe.

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Confesiones de una chica mala

>>  domingo, 10 de enero de 2010


Sí, soy una chica mala.
Quiero, me quieren. Debería ser suficiente. O no?
Al menos lo es para la mayoría de la gente. O eso es quizás una gran mentira?
Culpabilidad. Eso siento.
Cuando amo, porque una parte de mí, la más anárquica de todas ellas, se niega a darse por completo.
Cuando follo con alguna otra. A pesar de amar, o, precisamente, porque amo.
Cuando no follo con alguna otra. Porque, esa parte de mí, desea hacerlo.

Alguna vez me obligué a mí misma a tener ese sexo. Sexo asèptico y mecánico. Sexo libertador y esclavo. Sexo extraño aunque extrañamente acostumbrado.

Una forma de reivindicación? Una vávula de escape? Quiero sentir que soy distinta?

Quizás, la respuesta es que soy igual a todos, demasiado igual.

Quizás, esa respuesta no me guste demasiado.

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Hibernando

>>  viernes, 8 de enero de 2010


Este invierno está siendo inusualmente frío. La verdad, entran ganas de caldito y mesa camilla. O de mantita en el sofá y de ver 3 pelis seguidas. O de leerse un buen libro de una sentada. A que echáis algo en falta? Y yo.

Me temo que se me ha congelado la líbido. Y, por los síntomas que me veo, o para ser más exacta, por los que me faltan, me temo que esto durará hasta primavera.

Seamos positivos, no todo está perdido. A ver, puedo disfrutar de cosas que, en condiciones normales, me está vedadas.

Por ejemplo:
1. Puedo ir a tomar un café con una chica sin andar todo el tiempo pensando en la mejor manera de llevármela a la cama
2. Puedo escuchar lo que me diga esa chica. Y puedo, incluso, disfrutar de la conversación.
3. Una vez descubiertos los placeres de la comunicación, puedo, incluso, charlar con un chico.
4. Puedo andar por la calle, caso que me atreva a hacerlo, dado el frío que hace, pensando en lo que voy a hacer, y no en qué andan poniéndose las mujeres hoy en día, que están todas tan estupendas.
5. Puedo ver una peli y fijarme en la actuación de los hombres, que normalmente me son invisibles.

Pues eso, a deleitarme con estos pequeños placeres, que me queda apenas un mes para que mis hormonas, todas ellas, se despierten.

Cómo lo lleváis vosotros, queridos fantasmas? Estáis hibernando como yo?

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La confianza


¿Cómo estar segura de que la persona que tienes delante es quien dice ser?
Muchas veces antes pasó que me engañaron. Sobretodo en mis relaciones.
La conclusión que saqué, después de mucho pensar, fue que el problema es que la gente tiene una visión bastante positiva de sí misma.
Así, cuando te cuenta que es maravillosa, te está diciendo su verdad. Puede ser bastante grande el contraste con tu verdad.
Luego, si surge el conflicto, se oye: “no me has interpretado correctamente”, “no es como tú lo ves” o “ponte en mi lugar”.
Un día, y ese día cambió todo para mí, me di cuenta de que no me apetecía ponerme en el lugar de nadie, interpretar y volver a interpretar lo que yo ya tenía interpretado.
Ese día decidí que el sexo no necesita de todos esos acuerdos para resultar una experiencia agradable.
Algunas veces, lo pienso.
Creo que nuestras vivencias nos van dejando cicatrices, más a menos visibles, y éstas nos determinan.
Me temo que una de mis cicatrices, de las que tengo cerca del corazón, debió matar la confianza.

Creo que la mató para siempre.

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Síndrome del año nuevo

>>  martes, 5 de enero de 2010




Desde que puedo recordar, todos los años nuevos, me pongo triste.

Me pone triste la fiesta en sí, que siempre me ha parecido vacía. Me parece absurdo que haya que vestirse de verano en pleno invierno. Que la gente vaya borracha. Que la gente se empeñe en celebrar que algo termina y algo empieza, cuando no empieza sino otro día, no termina sino otro día. Lo único que realmente ha pasado es eso, y que hemos arrancado una hoja más al calendario que seguimos la mayor parte de la población mundial. Interesante, al menos nos hemos puesto de acuerdo en algo.

También me ponen triste los balances. Intento no hacerlos, porque no me gustan las imposiciones (la tradición manda), y yo, basta que me digan que hay que hacer algo, para que me entren unas ganas irrefrenables de no hacerlo, y se me ocurran unas justificaciones de lo más convincentes.

He buscado por internet. Parece que hay un “síndrome del año nuevo”. Debe ser eso lo que me pasa a mí.

Lo plasmó estupendamente Carmen Rigalt en El Mundo. Os invito a leerlo.

Queridos fantasmas, también sufrís el síndrome del año nuevo, como yo?

Muchos besos.

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La máscara

>>  lunes, 4 de enero de 2010


Algunas personas ven la vida a través de un agujero pequeño.
Esa pequeña vida tiene sólo pequeñas cosas.

Tienen trabajos que nunca les llevarán a ninguna parte. De un pequeño trabajo a otro. Sin profesión definida. Sin profesión decidida. Lo que va saliendo, dicen. Lo que va saliendo porque el único presente es la supervivencia. El único futuro es el siguiente asidero. La siguiente oportunidad de sobrevivir. Y después, la siguiente.

También las personas que entran en su vida son como pequeñas burbujas de aire. Muy pequeñas. Porque el miedo es un compañero cruel. Y, la seguridad, una amante egoísta.

Viven su vida como un invitado, que llega a casa ajena y no se quita siquiera la chaqueta. Si, algún día, tuviera el suficiente valor como para quitársela, de todas formas, no sabría dónde ponerla. Tampoco sabría que hacer de sí mismo una vez sin chaqueta.

Es posible que mueran de vejez y aburrimiento, sin haber sido conscientes, una gran suerte, de su propia infelicidad.

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