Ni príncipes azules ni princesas encantadas
>> miércoles, 28 de octubre de 2009

La quería. Sabía que la quería porque, algunas veces, la llamaba sólo para dormir. Sabía que la quería, porque, algunas veces, sentía una pequeña punzada de celos cuando pensaba en qué haría cuando no estuviera con ella.
No se lo había preguntado. No pensaba hacerlo.
Tampoco permitiría que Ella se lo preguntase.
Pensó que pasaría si Ella le dijese que la dejaba. Normalmente, si cualquier ella decía que la dejaba, o lo hacía en lugar de decirlo, un fastidio, grande o pequeño, según lo bien que follara la tránsfuga era la única huella que dejaba su partida.
Un fastidio y una pereza inmensa por llenar el hueco de la amante perdida.
Pensó que esta Ella dejaría bastante más, caso de irse. Eso la hizo sentirse vulnerable.
Siempre habría otra ella, de eso no tenía dudas.
Lo que dudaba bastante, es que alguna otra ella fuera como esa Ella que había sabido quererla, porque querer significa respetar, no juzgar ni querer cambiar.
Por eso, cree que quizás por eso, la quería.
Nota: El título de este post hace referencia a que, algunas veces las cosas no son como nos han enseñado que serían. Eso no significa que sean malas, significa que, quizás, la solución para nosotros pase por encontrar nuestro propio camino.






